Las bicicletas en un evento apocalíptico mundial. Guía básica de supervivencia para ciclistas (II)
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Las bicicletas en un evento apocalíptico mundial. Guía básica de supervivencia para ciclistas (II)

12
oct 2012

En el primer artículo de esta interesante Guía de Supervivencia hemos podido comprobar que las bicicletas serían, probablemente, los vehículos más eficaces para el transporte de personas y/o mercancías ante un posible evento apocalíptico a nivel mundial. En esta segunda parte, vamos a ver cómo sería el inicio de un hipotético conflicto termonuclear mundial (III Guerra Mundial), los efectos y alcance de una explosión atómica y la mejor forma de protegernos ante un ataque nuclear dirigido a núcleos urbanos habitados, según recomendaciones oficiales de Protección Civil.

Las bicicletas en un evento apocalíptico mundial. Guía básica de supervivencia para ciclistas (II)

Ante un posible conflicto termonuclear mundial: ¿Quién sería el culpable?

Imaginemos por un momento que de la noche a la mañana, nos encontramos ante el inicio de un conflicto sin precedentes en el que todas las naciones del mundo se encuentren implicadas. Puede parecer el argumento de una película catastrofista, pero lo cierto es que desde el final de la Guerra Fría (enfrentamiento económico-político-ideológico entre el capitalismo occidental liderado por EEUU y el comunismo oriental liderado por la antigua URSS), nuestro mundo nunca ha estado tan cerca de otra Guerra Mundial como lo está a día de hoy, con múltiples conflictos activos en Oriente Próximo y la crisis económica mundial como telón de fondo e ingrediente principal.

El verdadero peligro de un posible conflicto mundial a día de hoy está sin duda en las armas nucleares. Este tipo de arma es sin duda la más mortífera y potente de todo el arsenal bélico mundial y son numerosas las naciones que poseen entre su maquinaria de guerra armas de este tipo, estimándose en total unas 20.000 bombas atómicas (activas o en reserva) esparcidas por todo el planeta en la actualidad:

  • Rusia: Arsenal de 10.000 bombas nucleares. 4.430 bombas activas y unas 5.500 bombas en espera de ser desmanteladas.
  • EEUU: Arsenal de 8.000 bombas nucleares. 2.150 bombas activas, 2.800 bombas en reserva y unas 3.000 bombas en espera de ser desmanteladas.
  • Francia: Arsenal de 300 bombas nucleares activas.
  • China: Arsenal de 240 bombas nucleares activas.
  • Reino Unido: Arsenal de 225 bombas nucleares activas.
  • Israel: Arsenal de entre 200 y 500 bombas nucleares activas (no declaradas).
  • Pakistán: Arsenal de entre 80 y 110 bombas nucleares activas.
  • India: Arsenal de entre 60 y 80 bombas nucleares activas.
  • Corea del Norte: Arsenal de entre 0 y 10 bombas nucleares activas.
  • Irán y Arabia Saudita: Arsenal probable aunque desconocido de bombas nucleares activas.
Las bicicletas en un evento apocalíptico mundial. Guía básica de supervivencia para ciclistas (II)

Además de estos países, deberíamos tener en consideración las múltiples organizaciones terroristas existentes en el mundo que hacen uso del mercado negro de armas, con lo que también cabría la posibilidad de existir un número desconocido de armas atómicas esparcidas a lo largo y ancho de nuestro planeta en los lugares más inverosímiles.

Los efectos inmediatos de una bomba atómica: Potencia y alcance de las mismas

Para conocer mejor los efectos de una posible explosión nuclear, deberíamos saber cómo son las bombas atómicas y sus consecuencias. La potencia de una bomba atómica se puede clasificar en kilotones (Kt o equivalente a explosión de 1.000 toneladas de dinamita) o megatones (Mt o equivalente a explosión de 1.000.000 de toneladas de dinamita). Actualmente EEUU ha sido el único país en lanzar dos bombas atómicas en estado de guerra, con las explosiones nucleares de Hiroshima (bomba de 13 kilotones) y Nagasaki (bomba de 25 kilotones) que dejaron la espeluznante cifra de 200.000 personas muertas tras el ataque o en los días posteriores. Y es un dato realmente descorazonador, porque se estima que en caso de un hipotético ataque nuclear en la actualidad las bombas atómicas utilizadas tendrían una potencia típica de unos 20 megatones, más o menos unas 1.000 veces más potentes que las bombas lanzadas sobre Japón.

Ante una explosión de una hipotética bomba atómica con una potencia típica de 20 megatones, los efectos inmediatos serían realmente devastadores. Este tipo de bombas, aunque muchos puedan pensar que alcanzan el suelo, son detonadas a gran altitud. Alrededor de unos 5 kilómetros por encima del objetivo, la bomba atómica inicia la fisión/fusión nuclear alcanzando una temperatura interna de unos 300 millones de grados centígrados (la temperatura del sol es de unos 20 millones de grados), justo antes de la potente detonación y la liberación de una energía descomunal en forma de radiación. En La Zona Cero de la explosión nuclear, que corresponde a la vertical de la detonación mas un radio circundante de alcance, las áreas urbanas atacadas quedarían prácticamente arrasadas en un radio de unos 20 kilómetros a la redonda, mientras que las bajas civiles serían del 100% en caso de encontrarnos expuestos a la onda expansiva de calor en unos 30 kilómetros a la redonda.

Con la detonación de una posible bomba atómica de unos 20 megatones de potencia, se originaría un proceso destructivo inmediato sin precedentes: el destello luminoso, el pulso electromagnético, la radiación ionizante, la onda expansiva de calor, la onda de choque y la lluvia radioactiva originados por la explosión atómica. La hipotética detonación atómica causaría un destello luminoso extremadamente potente y de duración prolongada (de entre unos 15 o 20 segundos) que deberíamos evitar mirar y sobretodo evitar cualquier tipo de exposición ante el mismo. Acompañando el destello luminoso, un pulso electromagnético generado por la detonación inutilizaría cualquier tipo de aparato electrónico en un radio de alcance de varios kilómetros a la redonda de la Zona Cero. Tras la explosión y el destello luminoso, la radiación ionizante producida por la fisión/fusión nuclear de la bomba envenenaría mortalmente a todo ser vivo situado a unos 5,5 kilómetros de la Zona Cero, con efectos inmediatos desde que aparece el destello luminoso de la hipotética explosión.

Las bicicletas en un evento apocalíptico mundial. Guía básica de supervivencia para ciclistas (II)

Tras el destello, el pulso EMP y la radiación, la onda expansiva de calor producida por una explosión atómica arrasaría un radio de 20 kilómetros a la redonda desde el punto de impacto, mientras que las bajas civiles llegarían al 100% de los casos en un radio de unos 30 kilómetros a la redonda en caso de permanecer expuestos a dicha onda expansiva de calor. Después, llegaría la onda de choque que no es otra cosa que una gigantesca masa de aire caliente desplazándose a la velocidad del sonido hacia la periferia circundante de la zona atacada, transportando todo tipo de residuos y provocando serios daños en instalaciones y seres vivos, además de tener un efecto de reflujo en el que el aire dirigido al exterior de la Zona Cero retorna a su origen con idénticos y fatales resultados.

Por último, tras la devastación de una posible explosión atómica, llegaría la lluvia radioactiva local y la contaminación por radiación. La lluvia radioactiva no es otra cosa que los restos de ceniza y polvo en ascensión producidos durante la explosión nuclear depositándose otra vez en el suelo, horas después del ataque. Todo este material se encontraría sumamente irradiado, elevando la contaminación radioactiva de la zona atacada hasta niveles realmente mortales para los seres humanos. Estas partículas radioactivas potencialmente venenosas contaminarían la zona en un radio más o menos amplio y dependiente de las condiciones meteorológicas dadas en la Zona Cero en el momento del ataque nuclear (lluvia, viento, etc), y resultarían potencialmente peligrosas al contacto con la piel e ingeridas por vía respiratoria de cualquier ser vivo situado en la zona contaminada.

Los posibles indicadores de inicio de un ataque nuclear y la forma de protegernos ante una posible explosión atómica

En caso de un hipotético ataque nuclear, existen ciertos indicadores que podrían indicarnos que algo no marcha bien. El sentido común es esencial y es de suponer que mucho antes de iniciarse una Guerra Mundial Global, todos y cada uno/a de nosotros/as ya hayamos visto mediante los medios de comunicación una posible evolución del apocalíptico conflicto a través de noticias e informativos, periódicos e incluso mensajes oficiales informativos de las autoridades pertinentes de cada nación. Todo y así, probablemente la explosión de una posible bomba atómica llegue completamente por sorpresa, por lo que deberíamos estar atentos a los siguientes indicadores o preavisos de un ataque nuclear, según las recomendaciones oficiales de Protección Civil:

  • Interrupción de servicio en equipos electrónicos. Es de esperar que un ataque nuclear se inicie con un ataque de pulso electromagnético (EMP), o que la detonación de armas atómicas relativamente próximas a nuestra posición lo genere. Si se interrumpiesen el servicio de equipos electrónicos, luz, agua, telecomunicaciones o equipos operados por baterías (como los relojes de pulsera), cabe suponer que habría ocurrido un EMP.
  • Suspensión repentina y extensa de servicios de telecomunicaciones. Específicamente, la imposibilidad de establecer contacto con una área determinada (una ciudad, por ejemplo) o la interrupción de comunicación con un área determinada. Estas situaciones podrían ser indicativo de que dicha área ya habría sido atacada y/o destruida.
  • Interrupción general de las comunicaciones debido a la saturación de las centrales como consecuencia del enrutado.
  • Detonaciones fuertes, profundas y remotas. Destellos violentos en el horizonte. Trazas de misiles en las zonas altas de la atmósfera. Aparición imprevista y repentina de estrellas fugaces (componentes en re-entrada a la atmósfera).

A pesar de estos supuestos indicadores, lo cierto es que un repentino e imprevisto ataque nuclear contra una población puede resultar imprevisible. En caso de que nos tocase llegar a vivir tan surrealista situación, lo más importante sería mantener la calma y actuar con decisión. Como hemos visto anteriormente, la potencia de una bomba atómica es devastadora y poco podríamos hacer para salvarnos si en el momento de la detonación nos encontrásemos en la llamada Zona Cero (unos 20 kilómetros a la redonda desde el punto de impacto). De cualquier modo, nunca deberíamos perder la esperanza ya que no tendríamos forma de saber dónde ha impactado realmente la supuesta bomba y siempre tendríamos que seguir las siguientes normas básicas de supervivencia ante una hipotética explosión atómica cercana:

  • Si nos encontramos en el interior de un edificio: Deberíamos permanecer en el interior. Las paredes, y especialmente los rincones, pueden constituir una protección eficaz en las zonas periféricas de la explosión nuclear. Si hay un sótano en el edificio, deberíamos bajar al mismo y colocarnos en un rincón junto a la entrada, aunque nunca directamente frente a ella. También deberíamos tener a mano mantas gruesas para cubrir a todos los miembros de la familia existentes y protegernos de la inminente onda de calor expansiva prevista tras la explosión. Protegidos por una gruesa manta, deberíamos adoptar una posición defensiva (agachados/as, cabeza entre rodillas y brazos cubriendo la nuca) y mantenernos lejos de ventanas, conducciones inflamables como tuberías de butano o gas natural, electrodomésticos, conductos eléctricos y muebles pesados. Después, solamente quedaría esperar pacientemente hasta que termine el ataque o se produzca una segunda explosión.
  • Si nos encontramos en el interior de un vehículo: En el caso de encontrarnos a bordo de un barco o un avión, deberíamos seguir escrupulosamente las instrucciones de la tripulación, mantener la calma y ayudar a los demás en la medida de lo posible. Si fuese un vehículo terrestre (coche, motocicleta, autobús, etc) deberíamos salir a toda prisa del vehículo y buscar la protección de un edificio o de campo abierto. Nunca deberíamos permanecer en el interior de un vehículo ya que los materiales inflamables que contiene, como la gasolina o la misma batería eléctrica, pueden incendiarse tras la explosión atómica y causarnos la muerte. Además, los cristales de las ventanillas y otros elementos que constituyen la carrocería del vehículo podrían romperse y salir disparados en todas direcciones, causando serios daños e incluso la muerte.
  • Si nos encontramos en campo abierto: Deberíamos buscar la protección de una zanja, arcén, depresión o cualquier otro tipo de hueco natural e introducirnos en su interior. En el caso de que observásemos que las paredes del improvisado refugio son blandas o se desmoronan, deberíamos huir inmediatamente del lugar ya que podríamos morir sepultados. En cualquier caso, deberíamos arrojarnos al suelo, boca abajo y lo más pegado posible al firme, y cubrir nuestra nuca y cabeza con los brazos. De igual forma, deberíamos evitar lugares cercanos a edificios o elementos que contengan materiales inflamables (vehículos, depósitos, canalizaciones, líneas eléctricas, etc), ya que la posible onda expansiva causaría destrozos inimaginables.
  • La protección sobre los efectos radiológicos: Otra de las amenazas directas de una explosión atómica vendría derivada de la onda de choque radioactiva ocurrida durante la explosión y de la lluvia radioactiva inminente tras la misma. En el primer caso, únicamente podríamos protegernos de la onda de choque radioactiva estando lo más lejos posible del punto de detonación de la bomba, ya que se trata de radiación gamma y partículas físicas penetrantes que necesitan de varios metros de plomo para detener su implacable avance. En el caso de la lluvia radioactiva, que no es necesariamente lluvia sino deposiciones de polvo y humos que pueden tocarse y respirarse, deberíamos evitarlas a toda costa. Tendríamos que protegernos utilizando guantes, gafas, mascarilla, mantas y plásticos e incluso tapones para los oídos con el fin de evitar cualquier contacto físico con el veneno radioactivo. En el caso de haber tenido contacto con sustancias radioactivas, deberíamos depilar la zona de nuestro cuerpo en cuestión y lavarla en profundidad, evitando radicalmente el agua que haya podido quedar expuesta a la radiación y haciendo uso de agua embotellada y libre de residuos tóxicos.

Con la información y los consejos descritos en esta segunda parte de esta Guía Básica de Supervivencia para Ciclistas y algo de suerte, podríamos sobrevivir a los principales efectos de un posible ataque nuclear siempre y cuando no nos encontrásemos en el radio de acción inmediato de la explosión atómica. Ésto resulta de vital importancia ya que de otra manera no podríamos continuar con esta Guía, y de nada serviría tener preparados un plan de huida hacia las zonas más seguras (que veremos en el siguiente artículo), ni el equipamiento básico para nuestra bicicleta y para nosotros mismos (descritos en el cuarto y último artículo), esenciales para sobrevivir durante los días siguientes a un hipotético evento apocalíptico mundial.

En breve, la tercera parte de esta guía de supervivencia...